Quizás algunos podrán preguntarse qué tiene que ver la creatividad con las relaciones. Yo estoy convencida de que están estrechamente ligadas. Nuestra mayor o menor capacidad productiva y creativa depende del estado de nuestras relaciones. Cuando estamos deprimidos solemos escribir mejores poemas, por ejemplo. Y si alguna pelea nos dejó mal parados y no podemos dejar de pensar en eso posiblemente nos cueste más pensar una campaña publicitaria copada y divertida. Debe haber excepciones, ojo. Hay profesionales en serio. Pero la verdad es que la mayoría de las veces nuestro desempeño creativo depende de cómo tengamos “la antena”, que a la vez depende mucho de nuestros estados de ánimo. Y esos estados de ánimo dependen de cómo estén nuestras relaciones: amorosas, laborales, familiares. Sin embargo, la creatividad (al igual que muchos otros aspectos de nuestras vidas) se rige por una de las relaciones más importantes: la que tenemos con nosotros mismos. Cuando estamos bien con nosotros mismos nos sentimos felices, porque nada nos perturba. Y cuando uno está feliz, por lo general está más activo, con ganas de hacer más cosas. En ese momento hay que aprovechar y no desperdiciar nada, absolutamente nada que observemos, que pensemos. Porque estamos despiertos, con buena onda. Y la buena onda se transmite y se propaga. Si en este estado hacemos una campaña o pintamos un cuadro convencidos de que lo estamos haciendo de la mejor manera posible, entonces así será percibido por los demás. La creatividad no es más que canalizar experiencias, imágenes, sentimientos, ideas y palabras existentes previamente en nuestra memoria y darles un giro o vuelta de rosca para que remixadas vuelvan a combinarse formando algo absolutamente nuevo y original a la vista de cualquiera, que también posee en su memoria todas estas experiencias, imágenes, sentimientos, ideas y palabras, pero de una manera diferente. Miró una vez dijo: “yo no invento nada. Todo está aquí”. Y es que la creatividad es un poco eso: mezclar las fichas. Utilizar ese archivo que todos tenemos para reconfigurarlo en otra cosa nueva, distinta, que luzca como original.
Quizás este último párrafo les haya parecido un poco tautológico y reiterativo, pero definir la creatividad no es algo fácil de hacer. El proceso creativo es un proceso extraño, difícil de describir. Cuando decimos que tenemos una idea simplemente estamos hablando de estas fichas previamente existentes, grabadas en nosotros que se mezclan revelándonos una solución. Una idea es una revelación. Llega así, de pronto. Uno puede haber estado forzando recientemente a la mente para que esa idea llegara o no.
Por eso la clave de la creatividad, y esto está estudiado por mucha gente (y comprobado, que es lo más importante) es servirse de todo lo que podamos. Absorber como una esponja lo que el mundo tiene para ofrecernos: naturaleza, seres humanos, colores, texturas, sentimientos, emociones, artes, televisión, charlas con otras personas, lugares, situaciones y experiencias. Hay que guardarlo todo. En algún momento va a salir a la luz y va a “bajar” convertido en alguna genial idea.