Los seres humanos somos víctimas de la temporalidad. Todas nuestras relaciones con el mundo se dan en un plano espacial y en un plano temporal.
Nuestra existencia se compone de un pasado, un presente (que enseguida pasa a ser pasado, casi instantáneamente) y un futuro. En el pasado viven nuestras experiencias, nuestro archivo, lo que en algún momento fue futuro, después fue presente y ahora ya pertenece al universo de lo pasado.
El presente es casi nada, un segundo, un toque. Y el futuro es todo aquello que, gracias a la base de ese pasado que tenemos y a ciertas organizaciones perceptivas guardadas en nuestra memoria, podemos imaginar, advertir, intuir o sospechar que puede llegar a pasar. Mientras escribo estas palabras, cada vez que tipeo una letra, cada segundo pasa y pasó. Ya forma parte del pasado. Somos máquinas de hacer pasado, en un punto.
Lo trágico de esto, del tiempo, es que lo que ya pasó, pasó. Y no hay manera de volver atrás. Esto es terrible, porque no existe liquid paper ni goma de borrar para cambiar lo que pasó. Tampoco existe una manera de revivir algo. Ese hecho que pasó es y va a ser siempre único e irrepetible. Lo que sucede con esto es que muchas veces no lo tenemos muy en cuenta, no somos concientes permanentemente de que esto es así, porque si no seríamos unos borders, además de que nuestra acción se vería irremediablemente condicionada.
El paso inevitable del tiempo, esta impotencia y condición de vivir que tenemos, a veces nos juega malas pasadas. ¿Cuántas veces uno desearía volver el tiempo atrás? Sin embargo, si pudiésemos hacer semejante cosa nuestra existencia no sería posible. Así es que el consejo que se me ocurre dar (por experiencia propia) es tratar de pensar dos veces antes de actuar o de decir. Y por otro lado, que hay que ser mínimamente conciente de que cada segundo que pasa no vuelve. La decisión más inteligente es no perderlos en cosas que no valen la pena.